Una guerra mundial de baja intensidad

Publicado el Por Juan Carlos Sanz (author), El País (author)

Ataque lanzado desde un avión de combate del régimen sirio en Raqa, en 2013. (fotografía: Reuters)
Ataque lanzado desde un avión de combate del régimen sirio en Raqa, en 2013. (fotografía: Reuters)

 

La fotografía muestra el horror de la guerra en Siria. Ante los autobuses calcinados aún humeantes, varios socorristas se afanan rescatando cadáveres a las afueras de Alepo. Una furgoneta cargada con explosivos se empotró hace una semana contra el convoy en el que eran evacuados miles de civiles desde dos poblaciones favorables al régimen cercadas desde hace más de dos años por las fuerzas rebeldes. Un centenar de civiles perdieron la vida, entre ellos 68 niños.

Difundida a través de la redes sociales, se trata de una rara imagen de unidad ante la tragedia después de más de seis años de guerra civil. Miembros de la Media Luna Roja, organización reconocida por el Gobierno de Damasco, trabajan codo con codo con voluntarios de la llamada Defensa Civil, más conocidos como cascos blancos, que operan en el territorio de la oposición. El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos ha abierto una investigación por crímenes de guerra tras la matanza de Rachidin. Sigue la pista de otra foto, la de un hombre que entregaba dulces a los menores poco antes de que se produjera la explosión.

La catástrofe del conflicto sirio parece no tener fin. El dolor traspasa las líneas del frente. El atentado contra el convoy procedente de Al Fua y Kefraya se produjo 11 días después del bombardeo con gas tóxico contra Jan Sheijun, en la cercana provincia de Idlib, donde perecieron 87 civiles. El segundo ataque con armas químicas más mortífero del conflicto desencadenó la primera intervención estadounidense contra el régimen: el lanzamiento de misiles contra la base aérea de Shayrat.

Armas prohibidas. Atentados contra civiles arrancados de sus hogares. El país árabe sufre una inacabable contienda civil en la que se entrometen las potencias regionales y globales para apuntalar a cada bando. Cada día se asemeja más a una guerra mundial de baja intensidad. En apariencia al menos, en Siria rige desde diciembre una tregua en la que las armas no terminan de callar. Cuando el 15 de marzo de 2011, en plena efervescencia de la primavera árabe, la mayoría social suní desafío al régimen de sustrato alauí (variante de la rama chií del islam) del presidente Bachar el Asad con manifestaciones pacíficas masivas también se desató un conflicto que ha acabado desbordándose. A la despiadada represión que ejercieron las fuerzas gubernamentales sobre las protestas la oposición respondió con la lucha armada.

El enfrentamiento desembocó en una confrontación civil que ha acabado atrayendo a fuerzas rusas y estadounidenses; milicianos chiíes y tropas turcas, a extremistas islámicos locales y brigadistas de la yihad internacional… Un juego de alianzas incierto en el que no tiene por qué cumplirse la máxima de que los enemigos de mi enemigo son mis amigos.

El régimen cuenta con el respaldo interesado de Moscú —que dispone en la costa siria de su única base aeronaval en el Mediterráneo, reforzado con un intenso despliegue aéreo desde septiembre de 2015—, y tiene además el apoyo confesional y estratégico de Irán, enfrentado a Arabia Saudí por la hegemonía regional, y de sus satélites en Líbano (Hezbolá) e Irak (milicias chiíes). La nebulosa de la insurgencia —decenas de grupos, muchos de los cuales son apenas partidas tribales en manos de señores de la guerra— recibe armas y financiación de las monarquías del Golfo o del Gobierno de Ankara, en función de la afinidad de cada guerrilla.

EE UU también ha rearmado a grupos insurrectos en el pasado, con escasos resultados. Ahora cuenta sobre todo con las milicias kurdas Unidades de Protección del Pueblo (YPG). Están distanciadas del resto de la oposición por su supuesto entendimiento con el régimen de El Asad. Son perseguidas desde el verano de 2016 por Turquía (integrada en la OTAN), que las considera cercanas a la guerrilla del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), al que combate en Anatolia. Pero para los responsables del despliegue de Washington sobre el terreno —un millar de miembros de las fuerzas especiales—, las YPG, al frente de la coalición Fuerzas Democráticas Sirias, se presentan como únicos socios locales fiables en la lucha contra el yihadismo.

Todos dicen combatir al Estado Islámico en Siria, aunque es bien distinta la intensidad y la eficacia en la batalla que muestra cada actor en el tablero de la guerra. La tregua no está trayendo la paz. El ISIS y las filiales de Al Qaeda están excluidas del cese de hostilidades. Pero el régimen y sus aliados rusos siguen bombardeando la provincia de Idlib bajo el pretexto de atacar a los yihadistas. Después de casi cuatro meses de alto el fuego, la reanudación de las conversaciones de paz de Ginebra auspiciadas por Naciones Unidas se ha vuelto a cerrar en falso. La delegación del Gobierno de Damasco no se mostró dispuesta a ofrecer concesiones tras la victoria militar en Alepo después de medio año de férreo asedio. Los representantes de la oposición, en contrapartida, solo aceptan participar en negociaciones de transición que conduzcan a la salida del presidente sirio.

¿Hay una alternativa al mal menor que representa El Asad frente al califato y el salafismo? “Los moderados se han debilitado y han sido derrotados en Oriente Próximo excepto en Túnez, la excepción que confirma la regla”. Así describe el fracaso de las opciones democráticas y laicas en la primavera árabe el experto estadounidense Joshua Landis, en una entrevista en el blog Syria Comment.

Tharir al Sham, plataforma islamista radical donde se integran los combatientes del Frente al Nusra, la antigua filial de Al Qaeda, o el eje salafista Ahrar al Sham son fuerzas hegemónicas —y en ocasiones antagónicas— en feudos rebeldes de Siria como Idlib. El Ejército Libre Sirio y otras coaliciones nacionalistas han pasado a segundo plano frente a la indudable capacidad de combate de las milicias integristas.

El peso de las ramas militares de los insurgentes ha ido desplazando además a los brazos políticos en el Alto Comité para las Negociaciones, la principal estructura de la oposición en Ginebra. “Plataformas opositoras como el Congreso Nacional Sirio (...) disponen de escasa credibilidad en el interior y han quedado bajo la tutela qatarí o saudí, dos fuerzas que no simpatizan precisamente con los principios revolucionarios que desataron el levantamiento popular”, destaca el profesor Ignacio Álvarez-Ossorio en Siria, revolución, sectarismo y yihad (Catarata).

El ataque químico de Jan Sheijun y el bombardeo con misiles Tomahawk ordenado por el presidente Donald Trump parecen haber arruinado las expectativas de diálogo.

El Asad ha demostrado desde 2011 la crueldad que puede llegar a ejercer sobre su propio pueblo. Gracias a la absoluta superioridad aérea del régimen —ahora reforzada por la aviación rusa— ha podido bombardear a su antojo feudos insurrectos. Zonas residenciales, escuelas y hospitales han quedado arrasadas en Homs o en Alepo. Cuando escasean las bombas y misiles, el Ejército del régimen no vacila en arrojar desde helicópteros barriles cargados de explosivos, combustible y metralla.

En agosto de 2013, cuando se encontraba acorralado por una ofensiva de la oposición en Damasco, fue acusado de lanzar un ataque con gas sarín que causó al menos un millar de muertos en el reducto rebelde de Guta. Entonces se libró del castigo militar estadounidense por la mediación de Moscú ante Washington. A cambio, la comunidad internacional le impuso la entrega de su arsenal químico para que fuera destruido.

Todo apunta a que el régimen ha sido de nuevo el responsable del bombardeo con el letal gas sarín del pasado día 4. Algunos analistas se preguntan por qué tomó la decisión de lanzar un ataque químico después de la estratégica victoria obtenida en Alepo y en pleno retroceso de la insurgencia. Precisamente poco después de que la nueva Administración republicana en Washington hiciera público que la salida de El Asad ya no era una prioridad.

A la vista de su historial, El Asad es considerado por numerosos observadores capaz de haber atacado con gas tóxico a la población civil en territorio de la oposición con el propósito de disuadir mediante el terror a quienes se declaren dispuestos a combatirle de forma indefinida. Puede que el bombardeo no tuviera sentido militar, pero el mensaje recibido por la base social de la oposición fue contundente.

El presidente sirio dijo días más tarde en una entrevista con France Presse que el ataque había sido un montaje, ya que sus tropas carecen de armas químicas. Pero la inteligencia militar israelí estima que el régimen ha mantenido al menos un 1% del millar de toneladas en las que se cifraba su arsenal químico antes de su destrucción.

¿Servirá para algo el bombardeo de represalia de EE UU? Tal vez limite un nuevo ataque con armas prohibidas, pero difícilmente cambie el curso de la guerra. La eliminación de hasta el 20% de la fuerza aérea de Damasco que se atribuyó el Pentágono, así como la destrucción de radares, sistemas antiaéreos e instalaciones auxiliares, no oculta el hecho reflejado por las imágenes de los satélites de que las pistas de la base de Sharat quedaron prácticamente intactas tras el ataque del día 4.

Después de contabilizar al menos 320.000 muertos en seis años de confrontación civil, con la mitad de los 22 millones de sirios expulsados de sus hogares —entre ellos cinco millones de refugiados— en uno de los mayores éxodos de población civil desde la II Guerra Mundial, el fuego de la guerra sigue ardiendo sin cesar en Siria. El conflicto ha hecho retroceder tres décadas la economía del país árabe. El 83% de la red de suministro eléctrico está fuera de servicio. Solo una quinta parte de la población vive por encima del umbral de pobreza, según datos de Naciones Unidas.

Es el dueño de la Siria útil en el oeste del país, pero El Asad solo domina barrios fantasmas en ciudades y vecindarios antaño controlados por la oposición. El este de Alepo escenifica mejor que ningún otro frente el vacío que deja a su paso la confrontación civil. Casi el 80% de la destrucción de la ciudad se concentra en los barrios del este, el mayor bastión urbano de los insurrectos entre 2012 y 2016, de acuerdo con la información recabada por el experto en el conflicto sirio Aron Lund para IRIN, una publicación de la ONU.

Tres cuartas partes de la población de la parte oriental huyó a la zona occidental gubernamental. El resto fue evacuada hacia áreas insurgentes. La comisión internacional que investiga en Ginebra los crímenes de guerra en Siria está analizando este caso de desplazamiento forzado de civiles. Antes de la guerra, el este de Alepo contaba con 1,5 millones de vecinos. Durante la segunda mitad de 2016 los últimos 150.000 permanecieron cercados bajo un diluvio de bombas hasta la caída del reducto insurgente en diciembre. Los pocos que se han atrevido a regresar a sus casas han sido víctimas de las minas abandonadas o de la represión de los vencedores.

 

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